La dinámica inflacionaria en México durante 2025 ha mostrado un comportamiento dual: mientras el índice general de precios al consumidor ha registrado una desaceleración notable, la inflación subyacente, que excluye precios volátiles como los energéticos y agrícolas, ha permanecido por encima del 4% anual durante buena parte del año, complicando los cálculos del Banco de México para calibrar su política monetaria. Este panorama ha generado debates entre analistas sobre el ritmo adecuado del ciclo de recortes de tasas y las perspectivas para el poder adquisitivo de los hogares mexicanos.
De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la inflación general en México alcanzó 3.51% anual en julio de 2025, uno de los niveles más bajos de los últimos años y próximo al objetivo de 3% del banco central. Esta moderación del nivel general de precios refleja principalmente la caída en los precios de los energizó y la estabilización de los precios agrícolas después de una temporada de buen desempeño del campo mexicano, favorecido por condiciones climáticas más benignas que en el año anterior.
Sin embargo, la historia es distinta cuando se analiza el componente subyacente de la inflación. Este indicador, que el Banco de México utiliza como referencia más confiable del comportamiento de precios a largo plazo, se ubicó en 4.23% anual durante el mismo periodo, por encima del 4.0% que los analistas del sector privado habían proyectado como estimado para el cierre del año. La persistencia de esta presión en el componente subyacente, particularmente en los precios de servicios, ha llevado a Banxico a adoptar una postura más cautelosa en su ciclo de relajamiento monetario, priorizando recortes de 25 puntos base en lugar de los 50 puntos base que aplicó en la primera mitad del año.
Los economistas identifican varios factores que explican la resistencia de la inflación subyacente. El primero es la dinámica salarial: los incrementos al salario mínimo aplicados durante los últimos años han mejorado el ingreso de los trabajadores de menores ingresos, pero también han presionado al alza los costos laborales en sectores de servicios con alta densidad de empleo, como comercio, restaurantes, hotelería y transporte. Estas presiones de costos tienden a trasladarse a los precios finales con mayor lentitud que los choques en materias primas, lo que genera una inflación de servicios más persistente.
El segundo factor es el comportamiento de los alquileres y el mercado inmobiliario, especialmente en las ciudades que han sido receptoras de inversión por el fenómeno del nearshoring. En zonas metropolitanas como Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México, la demanda de vivienda ha aumentado de manera acelerada, lo que ha impulsado tanto los precios de compra como de renta de inmuebles. Este componente tiene un peso significativo dentro del índice de precios subyacente y su tendencia al alza ha contribuido a sostener la inflación en niveles superiores al objetivo del banco central.
Un tercer elemento a considerar es el comportamiento del tipo de cambio. La depreciación del peso mexicano frente al dólar estadounidense durante 2025, asociada en parte a la incertidumbre generada por las políticas comerciales de la administración Trump, ha encarecido las importaciones y ha generado presiones inflacionarias adicionales en bienes de consumo con alto contenido importado. Si bien el banco central ha mantenido una postura activa para evitar una depreciación desordenada del peso, las fluctuaciones cambiarias continuaron siendo un factor de riesgo para el panorama de precios.
El impacto de la inflación sobre el poder adquisitivo de los trabajadores mexicanos es un tema de importancia capital. Si bien los incrementos al salario mínimo han superado a la inflación general en términos nominales durante los últimos años, la persistencia de una inflación subyacente elevada erosiona parte de las ganancias reales, especialmente para los hogares que destinan una proporción mayor de su ingreso a servicios y arrendamiento. Los analistas del sector privado estiman que la inflación subyacente cerrará 2025 en torno a 4.12%, lo que implicaría una mejora marginal frente a los niveles del primer semestre, pero sin llegar aún al objetivo del banco central.
Para el banco central, la situación plantea un dilema de política monetaria. Por un lado, la desaceleración de la economía y el estancamiento del empleo formal en el primer semestre del año justifican la continuación del ciclo de recortes de tasas para estimular la actividad económica. Por otro, la resistencia de la inflación subyacente por encima del objetivo aconseja prudencia para no relajar prematuramente las condiciones monetarias y arriesgar un rebrote inflacionario que erosione la credibilidad de la institucaión.
Los analistas del sector privado coinciden en que el Banco de México gestionará este equilibrio con cautela durante el resto del año. El consenso de mercado apunta a que la tasa de referencia cerrará 2025 en 7%, con perspectivas de continuar bajándola hacia 6.50% en 2026, conforme la inflación subyacente retome su tendencia de conversión hacia el objetivo. Este escenario base supone que no ocurran choques externos adicionales significativos y que la economía inicie una recuperación moderada en el segundo semestre del año.
En perspectiva, el manejo de la inflación en México durante 2025 muestra tanto los avances logrados en la estabilización de precios como los desafíos pendientes para consolidar una convergencia duradera hacia el objetivo de 3% del banco central. La combinación de política monetaria prudente, estabilidad cambiaria y condiciones económicas internas favorables será determinante para que México pueda mantener una inflación controlada que apoye el crecimiento sostenible y la mejora del bienestar de la población.