La adopción de pagos digitales dependerá de la conectividad, los costos y la continuidad operativa, no sólo de la aprobación de la ley.
La Ley de Economía Digital para Pagos Digitales y Electrónicos entra en su fase más exigente: convertir una obligación legal de aceptación y promoción de pagos digitales en una operación que funcione para una tienda de abarrotes, una gasolinera, una oficina pública y una empresa con miles de transacciones diarias. El Senado aprobó el proyecto el 20 de octubre de 2026 y el expediente legislativo quedó turnado al Ejecutivo; por tanto, el siguiente punto de control será su publicación y la definición de los mecanismos con los que se ejecutará.
Para los dueños y directivos, la noticia no significa que el efectivo desaparezca de inmediato ni que todos los negocios deban sustituir sus sistemas en un plazo uniforme. Sí anticipa una presión regulatoria y comercial para habilitar medios digitales, informar cuáles se aceptan, atender fallas y preparar procesos alternos. El desempeño de la ley dependerá menos de la existencia de una aplicación y más de cuatro variables: conectividad, costos, aceptación cotidiana y continuidad operativa.
La ley abre obligaciones, pero la ejecución definirá el costo
El contenido legislativo plantea que las autoridades de los tres órdenes de gobierno y los proveedores de bienes y servicios habiliten infraestructura para recibir medios de pago electrónicos y digitales, promuevan su uso e informen a las personas usuarias cuáles opciones están disponibles. También contempla medidas para atender o subsanar contingencias que impidan aceptar esos pagos y establece que, cuando una contingencia imposibilite la operación digital, podrá utilizarse efectivo o cheque.
El proyecto también asigna tareas al Banco de México y a las entidades financieras, además de reconocer mecanismos digitales de identificación para la contratación remota de servicios financieros. En la presentación pública de la propuesta, el Gobierno federal ha señalado que busca aprovechar capacidades existentes como SPEI y CoDi, facilitar la bancarización y generar historiales de pago que ayuden al acceso al crédito.
La diferencia entre el texto aprobado y su impacto diario estará en la implementación. El decreto fija objetivos y responsabilidades generales, pero la experiencia de una empresa dependerá de aspectos operativos que todavía deben aterrizarse: qué estándares técnicos se exigirán, cómo se acreditará el cumplimiento, qué tiempos tendrán los proveedores, cómo se resolverán las fallas entre bancos y comercios y qué tratamiento recibirán los negocios con baja conectividad o poco volumen de transacciones.
En otras palabras, la aprobación legislativa no elimina las decisiones de inversión. Las traslada a los consejos de administración, las áreas financieras, los responsables de tecnología y las autoridades sectoriales.
La ENIF muestra que México no parte de una adopción homogénea
Los datos de la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024 ayudan a dimensionar el reto. En compras de hasta 500 pesos, el efectivo siguió siendo el medio de pago frecuente para 85.2% de la población, mientras que la tarjeta física representó 10.4% y las transferencias o aplicaciones de celular 4.4%. Para compras superiores a 500 pesos, el efectivo bajó a 73.5%, pero todavía fue claramente dominante; las tarjetas alcanzaron 19% y las transferencias o aplicaciones 7.6%.
La brecha también es regional. En compras superiores a 500 pesos, el efectivo representó 55.2% en Ciudad de México, frente a 82% en la región sur y 78.2% en el centro sur y oriente. La participación de tarjeta fue de 35.5% en Ciudad de México, pero de apenas 11.7% en el sur. Las transferencias o aplicaciones se movieron entre 6.3% y 9.5%, según la región.
La aceptación percibida tampoco es uniforme. La proporción de personas que consideró que todos o casi todos los negocios aceptaban tarjeta o transferencias fue de 65.7% en el noroeste y 63.9% en el noreste, pero cayó a 29.8% en el sur y 34.4% en el centro sur y oriente. Para una empresa nacional, esto significa que una política única de pagos puede producir resultados muy distintos entre estados, corredores urbanos y localidades pequeñas.
Hay señales de avance, pero todavía no de masificación. El uso de CoDi pasó de 8.3% de la población en 2021 a 12.8% en 2024, según el INEGI. En Ciudad de México llegó a 17.5%, mientras que en el sur fue de 11.5%. El dato sugiere que ampliar la oferta tecnológica no basta: el cliente debe conocerla, confiar en ella y encontrar un comercio dispuesto a recibirla.
Las decisiones que deben tomar los directivos
La primera decisión consiste en tratar los pagos digitales como un proceso crítico del negocio y no como una función aislada de la caja. Una interrupción puede detener ventas, generar filas, provocar conciliaciones manuales y elevar el riesgo de fraude. Las empresas deberían elaborar un inventario de sus puntos de cobro, identificar cuáles dependen de internet móvil o fijo y establecer un procedimiento de contingencia que permita continuar operaciones sin perder trazabilidad.
- Mapear la exposición: medir cuántos establecimientos, rutas de reparto, estaciones, sucursales o trámites dependen de cada proveedor de pagos y de cada red de conectividad.
- Calcular el costo total: considerar comisiones, renta o compra de terminales, mantenimiento, integración con sistemas contables, conciliación, capacitación y soporte, no sólo el precio de la transacción.
- Definir una política de continuidad: documentar cuándo se habilita efectivo o cheque, quién autoriza una operación manual y cómo se concilia después con el sistema digital.
- Medir la adopción real: separar la disponibilidad de una terminal del porcentaje de clientes que efectivamente pagan con tarjeta, transferencia, CoDi u otra herramienta.
- Segmentar por territorio: usar indicadores regionales para decidir dónde conviene invertir primero en conectividad, capacitación o incentivos al usuario.
Para los pequeños comercios, el riesgo principal será que la transición eleve costos sin generar suficiente volumen adicional. La discusión sobre comisiones y conectividad será decisiva. Un negocio que vende productos de bajo monto puede enfrentar una ecuación distinta a la de una cadena de autoservicio: la misma infraestructura puede ser estratégica para una empresa y poco rentable para otra.
Tres escenarios para la implementación
El primer escenario es de adopción gradual. Autoridades y empresas habilitan los pagos digitales por sectores y regiones, mantienen alternativas ante fallas y concentran esfuerzos en servicios públicos, gasolineras, carreteras y comercios con mayor flujo. Es el escenario con menor riesgo de exclusión, pero exige coordinación y métricas públicas.
El segundo es de cumplimiento formal con uso limitado. Los negocios instalan medios digitales para cumplir, pero los clientes siguen pagando principalmente en efectivo por costumbre, falta de confianza, ausencia de cuenta o problemas de conectividad. En este caso, la ley produciría más infraestructura, pero no necesariamente más transacciones digitales. Los directivos tendrían que evaluar si el gasto está mejorando ventas, velocidad de cobro, seguridad y calidad de la información financiera.
El tercero es de expansión acelerada con fricciones. La presión institucional aumenta, pero la conectividad y los sistemas de soporte no crecen al mismo ritmo. Las fallas, los cargos no reconocidos, las conciliaciones pendientes y la falta de alternativas podrían trasladar costos a pequeños negocios y consumidores. Este escenario haría indispensable una supervisión clara de proveedores y un mecanismo sencillo para resolver controversias.
La señal para los líderes empresariales es concreta: no conviene esperar a que aparezcan todos los reglamentos para comenzar el diagnóstico interno, pero tampoco es prudente invertir bajo la idea de que una sola herramienta resolverá el problema. La preparación debe concentrarse en interoperabilidad, continuidad, costos y experiencia del usuario.
La prueba será demostrar que el pago digital funciona fuera de los centros de mayor cobertura
La nueva ley puede fortalecer la formalización, mejorar la trazabilidad de las operaciones y ampliar el acceso a servicios financieros. También puede convertirse en una obligación costosa si la política pública confunde disponibilidad tecnológica con inclusión efectiva.
El indicador decisivo durante 2027 no será cuántos comercios anuncian que aceptan pagos digitales, sino cuántas operaciones se completan sin fricción, cuánto cuesta procesarlas, qué ocurre cuando falla la red y si los negocios pequeños pueden sostener el servicio. Para México, la transición será competitiva sólo si la infraestructura llega junto con confianza, capacitación y una alternativa operativa para las contingencias.
Fuentes consultadas
- Sistema de Información Legislativa, Cámara de Diputados y Senado de la República: contenido y objetivos de la Ley de Economía Digital para Pagos Digitales y Electrónicos.
- Sistema de Información Legislativa: historial del proceso legislativo y turno al Ejecutivo el 20 de octubre de 2026.
- Presidencia de la República, comunicado del 24 de septiembre de 2026 sobre los objetivos de la ley, SPEI, CoDi y formalización.
- INEGI, Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024, principales resultados.
- Canal del Congreso, análisis legislativo sobre la transición a pagos digitales y el uso persistente del efectivo.



